A veces me he muerto

Siento que una gran parte de esto del vivir va de chocar. De darse golpes. De morirse y renacer. De bajar y subir. De volver a bajar. De volver a subir. De verse en los otros, de mirarse por dentro. De querer encontrarse, de querer verse, de querer vivirse. Y sí, a veces nos morimos un poco. Nos matamos con experiencias que vienen a arrasarnos para vaciarnos de todo y así, poder empezar limpios y de nuevo. Con menos capas y con más ganas. Con más amor.

Es muy bonito dejarse chocar. Dejarse morir y decidir cuidarse. Verse crecer. Acompañarse. Llegar a un momento de trascendencia donde por un instante dejas de ser lo que crees que eres para ser un poco todo. Donde te regalas la experiencia de vivir un presente en plenitud en el que todo y todos cobran sentido. Tu sentido. Único y exclusivo. Independiente y necesario para tu concreto viaje en esto del vivir.

Siento que todos tenemos un agujero negro. Una herida. Un pecado original. Y que estamos aquí para verlo y abrazarlo y cuidarlo y coserlo o tan solo - sin que suene a poco - para integrarlo en ti. Como si fuera otra de tus piernas o uno de tus brazos. Siempre está ahí sin apenas darte cuenta hasta que viene algo que lo hace estallar y no puedes dejar de sentir su presencia. Y lo cuidas y lo acaricias y lo quieres, para que no duela.

Y esto está aquí. En este libro en el que vomité sentires durante casi dos años. Que son de toda una vida y de muchos choques.

Se publicó el 14 de septiembre del 2020, el mismo día que cumplí 30 años

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